Ayer, Pedro Cepeda Anaya, secretario de Obras Públicas del Estado, informó en la ceremonia cívica de honores a la bandera que la rehabilitación de El Águila Bicentenario costó nada menos que 6 millones de pesos. Cifra que, en cualquier administración, provocaría cuestionamientos, pero en un gobierno que se autodenomina humanista, resulta aún más difícil de entender.
En teoría, un gobierno humanista debería poner a las personas en el centro de sus decisiones, enfocarse en sus necesidades. Sin embargo, ¿cómo es posible que una administración que se jacta de ser cercana al pueblo gaste esa cantidad de dinero en una estructura simbólica, mientras muchos ciudadanos enfrentan problemas cotidianos como la falta de servicios, infraestructura en ruinas y escuelas abandonadas? Mientras la vida diaria se complica para miles de familias, el gobierno decide destinar una fortuna a un monumento que, por muy emblemático que sea, no resuelve los problemas de fondo.
Aún más preocupante es la falta de transparencia. Si el gobierno realmente quisiera reflejar sus valores humanistas, sería sensato que desglosara con precisión en qué se invirtieron esos 6 millones de pesos. La ciudadanía tiene el derecho de saber si ese dinero fue utilizado de manera eficiente o si simplemente estamos ante otro caso de despilfarro público. Sin una explicación detallada, se abre la puerta a la sospecha de que este proyecto es otro ejemplo más de un mal manejo de los recursos, una desconexión total de la realidad y las necesidades del pueblo.
Un gobierno humanista debería priorizar el bienestar de la población sobre la imagen. ¿Cuántas escuelas podrían haberse mejorado con esos 6 millones? ¿Cuántas calles se podrían haber pavimentado? Mientras la administración sigue enfocada en lo superficial, los problemas esenciales siguen sin resolverse. Si el gobierno no puede justificar este tipo de gastos, difícilmente podrá recuperar la confianza de los ciudadanos.
Y por si esto no fuera suficiente, hay más sombras que asoman sobre el panorama político de la capital. Ayer, en los honores a la bandera, brilló por su ausencia Eduardo Gattás Báez, el presidente municipal de esta ciudad. Curioso, dado que en días recientes no ha dejado de estar en boca de todos, con rumores que apuntan a su posible destitución. Se dice que su reemplazo sería Gerardo Illoldi, pero la verdadera pregunta es: ¿por qué ninguna autoridad municipal asistió a los honores? ¿Acaso se han roto las relaciones entre el gobernador y el alcalde? Los rumores #dicen que la orden de la destitución de Gattás viene directamente «de arriba,» es decir, del propio gobernador. Y si a eso le sumamos los esfuerzos de Francisco Cuéllar Cardona, Coordinador General de Comunicación Social, quien parece estar haciendo todo lo posible por «echarle tierra» a Lalo Gattás, el panorama se vuelve aún más turbio.
Todo esto, según se comenta, porque Gattás ha mostrado rebeldía y no ha cumplido con el compromiso de incluir ciertos regidores en su cabildo. Al final, todo parece un juego político donde las alianzas se rompen y los compromisos se incumplen, y la pregunta es si realmente los intereses del pueblo están siendo defendidos o si solo somos testigos de más maniobras y luchas de poder entre las autoridades.
El humanismo que tanto promulga este gobierno parece quedarse solo en palabras, mientras que, en la práctica, los intereses políticos y los despilfarros continúan marcando el rumbo.








