Ha pasado ya un mes desde la desaparición de Edder Alfonso Benavides Ruiz. Desde aquella noche del 31 de mayo en Padilla, Tamaulipas, su familia, sus amigos y toda una comunidad seguimos haciéndonos la misma pregunta que duele, que inquieta y que, lo más grave, sigue sin respuesta, ¿dónde está Edder?
Edder no es un número más en las estadísticas. Es un hijo, un hermano, un amigo, un servidor público, un ser humano cuya vida, sueños y futuro fueron arrebatados de manera cobarde e injusta. Para quienes lo conocemos, su ausencia no es solo un dato en un expediente; es un vacío profundo en nuestras vidas.
Los días han pasado entre operativos, versiones contradictorias y detenciones. Y aunque hoy hay personas vinculadas al caso, la verdad sigue oculta, la incertidumbre pesa, y la justicia parece caminar a paso lento.
Como amigo, como ciudadano, no puedo quedarme callado. La desaparición de Edder no debe quedar en la impunidad ni en el olvido. No podemos permitir que este caso se diluya entre la indiferencia o los laberintos burocráticos. Hoy, alzo la voz no solo por él, sino por todas y todos los desaparecidos de nuestro estado y de nuestro país.
Exigimos a las autoridades que actúen con seriedad, que no escatimen recursos, que exploren todas las líneas de investigación, que encuentren a Edder y que, sobre todo, lleven ante la justicia a los responsables.
Porque detrás de cada desaparecido hay familias rotas, amistades heridas, comunidades incompletas. Y detrás de cada silencio institucional hay una deuda con la verdad y la dignidad.








